domingo 8 de noviembre de 2009

La soledad de las especies


Para Diego Muñoz Valenzuela


Cree que parte del problema consiste en que para poder llegar a ella existen ciertas dificultades, no solo el frío de la estepa, sino también rebasar los tres círculos: el de espinas que desgarra, el de hielo que paraliza y el de fuego, que encandila. De pecho aplomado bajo un peto de maya, se ha dicho que el temerario deberá llegará tal como ha anunciado un poeta del Sur: con el corazón nervioso pero bien estacado entre sus costillas.

Espera que resista, pese a que las zarzas le herirán las piernas y la helada que, de tanto en tanto, blanqueará su carne. Más, cuando le falten las fuerzas, el olor a sexo rugirá desde la ingle fragante de la mujer que espera del otro lado de la hoguera fría, dejando la nieve esparcida de cenizas. Y cuando lo cruce, él usará la espada, para bien.

Cuentos, leyendas, habladurías… Desde que existe memoria, el viento seco de la planicie donde ella habita, ulula y llama a lametones con encendidas promesas eróticas mientras, ella entra y sale de su incendio como la aburrida figura de un reloj, porque la hembra dejaría caer la pesada castidad de su vestido con escamas, si tan solo uno, cualquiera, hubiera estado interesado en el riesgo. —Es que habemos especies solitarias... —supone la mujer dragón, —mientras contempla el llano permanentemente desierto salpicarse ocasionalmente con flores minúsculas, como gotitas de sangre.