
Las relaciones entre los escritores son complejas, supongo que toda relación en las que el ego interviene ( y el ego no es más que una prolongación de la creatividad) lo es. Muchos autores han hablado de lo que resulta de los encuentros literarios y de las ferias de libro, el peruano Fernando Iwasaky hace un juego de palabras y habla de la literatura como un “egosistema”, el argentino Mempo Giardinelli dice que los encuentros son la mejor oportunidad para toparse con los amigos y pasarla bomba pero con la desventaja que vas a escuchar la peor Literatura hecha en la historia. El ecuatoriano Marcelo Báez bromea y dice “yo no leo a mis contemporáneos, yo los vigilo” y Coetzee zanja estas ideas en torno a las miradas que se lanzan entre si los colegas del mismo oficio diciendo en la novela “Desgracia” que las relaciones entre escritores se parecen mucho a las relaciones entre los granjeros de Sudáfrica “ todos rezan en secreto para que al otro se le arruinen las cosecha pero ninguno duda en darse una mano para salir adelante si es que la siembra va mal”. Los escritores se reúnen para socializar y vigilarse, para saber qué están haciendo los y cuál es su camino ( supongo para enterarse también si uno perdió la o está por completo fuera de contexto) por ejemplo, en la Fil me entero que el discurso de Dani Umpi, homo erótico y rosa, viene bien en estos tiempos pop y que las discusiones sobre la identidad nacional ya provocan bostezos, que las narraciones extrañas empiezan a cobrar dimensión frente a los discursos coherentes y que las mujeres seguirnos siendo minoría en el mundo literario por más clubes de lectura que formemos y por más talleres de escritura que integremos, nuestro protagonismo es reducido todavía, no hay equidad visible de género ni en las mesas ni en el oficio.
Pero los encuentros de literatura son también la licencia y el exceso, corren ríos de alcohol, kilómetros de nicotina, litros de saliva, aunque cualquier escritor que ha pasado por la experiencia de tener una relación con alguien del medio sabe que no es más que otras de las formas de existir que tiene el “egosistema” del que habla Iwasaky. De vez, en vez la especie llama a la especie y allí está una mirando con mirada bobina a alguien del gremio, muchas veces escritores curtidos que impresionan por su discurso lúcido o por su sentido del humor inteligente y otras veces es solo piel, ejemplares bellos que llaman a dejar la teoría y pasar a la obra literaria, de pasar del sexo escrito al sexo oral. Y todo acontece el último día, como alguna vez apuntó el narrador limeño Carlos Calderón Fajardo, cuando uno entiende que existe la posibilidad, en este oficio de espacio fijo y de hospedajes de paso, de que nunca más volvamos a vernos; y tal como llama la existencia de los animales en peligro de extinguirse, hay que continuar con el rito de extender la especie. Hacer el amor con otro escritor es lo más parecido a masturbarse ante un espejo. En la masturbación también hay placer aunque algo de tristeza.


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